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Mi Amigo El Profesor Omar Gómez Ha Partido

Mi amigo el profesor Omar Gómez ha partido

Profesor Omar Gómez y su hija Catalina

El profesor Omar Gómez ha partido. Profesor de Artes Manuales, con una afición que desarrollaba profesionalmente, modelar joyas, la orfebrería, con sentido de la trascendencia. Las joyas como una metáfora del modelaje y pulimiento del espíritu. Lo conocí en el colegio San Agustín, cuando ingresé, por allá por año 1989. Compartimos mucho, tanto en cosas de colegio, en semanas agustinas (hay una foto en que, en una Semana Agustina, estamos disfrazados de estudiantes, en aquellos tiempos en que se usaba chaqueta azul, pantalón gris, camisa blanca y corbata azul). Tenía buen humor, era empático con sus estudiantes, colegas y toda persona que laborara en la institución. Se interesaba rápidamente por las actividades de los alumnos, de sus colegas y de todos. Salidas a Casicíaco, a Las Cruces, la casa que antiguamente era de los agustinos, pero que era también una suerte de refugio o casa de retiro para los alumnos y personal del colegio. Recuerdo un “cocimiento”, esa suerte de curanto en fondos más que en ollas aquella vez, allí, liderado por Omar, siempre entusiasta, comprometido, alegre, dispuesto a crear y crear memoria, alegremente, de lo que significaba la vida agustiniana en la escuela.

Una visita a su departamento casa, en las torres San Borja, compartir en familia, con su esposa, con su hija Catalina Gómez Pierotic, de quien fui profesor jefe durante la enseñanza media. Su música, le gustaba mucho la música.

Omar, hombre inquieto, de espíritu inquieto, cuestionador esencial, metafísico, cuando se acercaba la edad de jubilar pensaba en qué haría después. Se trasladaría al norte, a la tierra de sus orígenes, Iquique, sería orfebre allá, y fue decidiendo el camino de lo que haría al dejar el colegio. Un día se fue, se fue el amigo con el que había compartido, el profesor con el que intercambiamos ideas, muchas veces opuestas, en los consejos de profesores. Ambos pertenecíamos al magisterio, esto es, a ese conglomerado humano que actúa desde su corazón, experiencias y conclusiones en pos de lo que considera lo mejor para sus alumnos. Volvió a Iquique. Supe poco de él desde entonces. Cada cierto tiempo, una noticia. Supe, con el tiempo, que había enviudado. Lo vi otras con su hija por alguna nota compartida en Facebook, fotos ya con el tiempo transcurriendo, la hija que yo conocí de adolescente ya crecida, con sus propias experiencias y viajes.

Hoy, poco antes de redactar estas líneas, me entero que Omar ha muerto. Lo sentí mucho. Salí a buscar a quién contarle, pero qué hacer, ha pasado el tiempo desde que dejó el colegio, muchos que no supieron de él, busqué a dos o tres que sí lo conocieron y les conté la noticia: Murió Omar Gómez, lo están velando en el Hospital de Carabineros, Avenida Antonio Varas 2500, no sé más. Fuimos amigos, se me ha muerto un amigo. Hace poco lo vi con su hija en la redes sociales, lo recordé, y unos días después, la noticia… La noticia de su muerte. Salí a buscar a quien contarle de esto, pero todo me recuerda la fugacidad de la vida, el extraño privilegio de permanecer. Adiós, amigo mío. Estoy seguro que sabes que te despido desde cualquier parte donde esté. Y te sonreirás como en el tiempo en que compartimos, cultivando el humor, ese cómplice de las amistades para siempre.

José Miguel Ruiz, 10 de junio de 2019

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