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Comentario de teatro : «Mi hijo camina sólo un poco más lento», el tema de la inclusión en el teatro

En el Teatro Mori Bellavista, el jueves 11 de octubre, se estrenó la versión chilena de la  galardonada obra “Mi hijo sólo camina un poco más lento” –la que ha tenido un gran éxito de público y crítica tanto en Europa como en Latinoamérica, en Argentina, Uruguay, Venezuela, México, Paraguay, Brasil, Bolivia– , del dramaturgo croata Ivor Martinic (1984), dirigida por Bárbara Ruiz-Tagle y con un gran elenco, con actores y actrices de una larga y reconocida trayectoria y de otros destacados que han venido después: Ana Reeves, Hugo Medina, Daniel Antivilo, Alejandro Trejo, Roxana Naranjo, María José Siebald, Diego Ruiz, Carolina Correa, Alejandra Oviedo, Íñigo Urrutia y Andrew Bargsted.

Branko cumple veinticinco años y la familia, aunque algunos se habían olvidado del acontecimiento, al recordarlo se prepara para celebrar el cumpleaños. Branko está en una silla de ruedas, y desde allí organiza su existencia. Su discapacidad, no obstante, no lo ha llevado a estar “sentido” con la vida. Su resiliencia es ejemplar. Son 11 actores sobre el escenario, cada uno de ellos tiene su tiempo de actuación y, entre todos, van presentándonos una historia familiar, una suerte de sinfonía bellamente ejecutada en que los problemas humanos van apareciendo, y cada uno de los miembros contribuye a la creación del mundo que es la obra comentada. La abuela de Branko, con alzhéimer o hacia allá se encamina, es un personaje que será simplemente inolvidable –en una magistral actuación de Ana Reeves–; aquella dialoga –desde sus olvidos y memoria a ratos recuperada– en profundidad con su nieto discapacitado. Este transmite, con todo, serenidad, él “sólo camina un poco más lento” o ya no camina, pero no hay queja ni estoicismo en él. Es la vida simplemente. “Así es la vida, la vida tal como es”, en el decir del poeta César Vallejo.

Impresiona –es admirable– ver a tantos actores destacados del teatro nacional reunidos sobre el escenario, fusión entre actores y actrices de generaciones distintas, dando vida a una obra bella, a una historia tan problemática como conmovedora, cuyo eje será la celebración del cumpleaños del joven discapacitado, pero, a partir de allí, un ahondar en la familia, en la psicología de sus integrantes y del tema de la inclusión. Cada uno con su propia historia que ha traído al clan. El amor también está presente. Sara, una vecina, ama a Branko, y quién sabe si Branko la amará también. El amor que sopla donde y cuando quiere, y en las circunstancias que solo él, misterioso, decide.

Notables actuaciones las de cada uno de los actores y la totalidad, una obra que emociona por su humanidad; de una u otra forma, nos reconocemos allí, tomamos partido, no somos ajenos a lo que allí acontece.

La sobriedad de la escenografía hace resaltar más el trabajo actoral del elenco. No hay nada sobre el escenario, solo la mesa donde se reúne la familia y una silla para cada cual. Un narrador nos va conduciendo para imaginarnos o ayudarnos a aprehender la historia. La dirección de Bárbara Ruiz-Tagle que logra llevar a los actores –y, por ende, a los espectadores– a un clima de humanidad, de inclusión, con esa delicada sensibilidad que asociamos a la belleza. Una hermosa obra, recomendable para la familia, a partir de los 14 años, y para todos aquellos que sientan la inclusión como parte esencial del arte, de la vida y de la humanidad.

Extensión y cultura

Octubre de 2018

 

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