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UN TESTIMONIO AGUSTINO DESDE EL SIGLO XVII SOBRE  EL CRISTO DE MAYO

UN TESTIMONIO AGUSTINO DESDE EL SIGLO XVII SOBRE EL CRISTO DE MAYO

Cada 13 de mayo se realiza una tradicional procesión en Santiago por el Cristo de Mayo, la que comienza y termina en el templo de San Agustín en el centro de la ciudad. ¿De dónde viene esta tradición? En el siglo XVII, un obispo agustino, Gaspar de Villarroel, fue testigo de lo que ocurrió en el terremoto de 1647, cuando Santiago fue arrasado y la iglesia de San Agustín, pero la imagen tallada que conocemos quedó en pie, con la corona de espinas en su cuello.

Presentamos el relato –un bello documento histórico– que entonces hace el obispo de la Orden de San Agustín (tomado del libro “Gaspar de Villarroel, O.S.A., un ilustre prelado americano” del P. Gregorio Martínez Gutiérrez):

“A 13 de mayo de 647 [sic], víspera de San Bonifacio, que ese día lunes, no hubo santo en el calendario, porque en un tan declarado castigo no tuviese la desdicha que nos amenazaba, quien se encargase de nuestra tutela, a las diez y media de la noche, medio cuarto más, comenzó un temblor de tierra, tan sin prevención ni amenaza, que se arruinaron en un momento los edificios todos, sin que hubiese más que un instante, que pudiese hacer continuación entre el temblar y el caer. […]

Duró el temblor recio, con un admirable ruido, como medio cuarto de hora; obscurecióse el cielo, estando bien alta la luna, con unas palpables tinieblas; ocasionároslas el polvo y unas densas nubes, poniendo tan grande horror en los hombres, que aún los más cuerdos juzgaron que se veían los preámbulos del Juicio.

El ruido fue tan grande, al caer esta máquina, que el P. Pedro Moyano, visitador de este obispado y cura de Aconcagua, con juramento afirma que le oyó en la cordillera. En la cordillera que llaman Sierra Nevada, distante de esta ciudad quince leguas, y dice que no fue vago el ruido, sino que conoció con evidencia, que fue caer la ciudad de Santiago” (Op. cit., p. 139, La tragedia y su restauración).

Sobre el tempo de San Agustín y el Crucifijo. El futuro Cristo de Mayo, añade:

“San Agustín ha sesenta años que está edificando un suntuoso templo, todo él de cal y canto; estaba acabado el edificio de la nave principal, porque tenía tres; estaban levantadas dos bóvedas, y para la perfección cabal, se comenzaba todo a cubrir. En la nave del Evangelio, que estaba cubierta de obra gruesa, se celebraba. Cayó todo, y lo que no ha caído está en mucho peor andar que lo que cayó, porque por mil partes abierta una tan grande máquina, no le sirve a los religiosos sino de horror y espanto. Tienen estos padres un devotísimo Crucifijo, fabricado por milagro, porque sin ser ensamblador, le hizo habrá cuarenta años un santísimo religioso: estaba en el tabique, que cerraba un arco, tan fácil de caer, que no tenía que obrar en él el temblor; y caída la nave toda, quedó fijo en su cruz, sin que se lastimase el dosel. Halláronle con la corona de espinas en la garganta, como dando a entender, que le lastimaba una tan severa sentencia; y nos prometimos para lo que quedaba su grande misericordia. Conmovido el pueblo con su antigua devoción, y este reciente milagro, le trajimos en procesión a la plaza, viniendo descalzos el obispo y los religiosos, con grandes clamores, con muchas lágrimas, y universales gemidos” (Op. cit., p.141).

 

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